martes, 31 de octubre de 2017

Flamencos (alegoría para políticos devenidos en Calabaza)



Los siete flamencos que acompañaban a Blancanieves en el bosque, fueron capturados, secuestrados y como prueba de vida para sus raptores les QUEBRARON los tendoncitos de un hachazo violento.


Apareció un hada buena y les dijo que los iba a llevar a un sitio donde serían felices.


Pico y Pala eran los mayores, mamá Flamenca (se llamaba así, también) había desaparecido en un tsunami que se la llevó volando. El resto de los hermanitos: eran Palo, Pelo, Polo, y las niñitas: Pica y Picuda (no se atrevieron a ponerle el nombre de Tucana).


Habló entonces la señora Calabaza y ... los metieron en una caja fuerte gigante con una estatua de dragón para disimular.


Y colorín colorado... NADIE FUE PRESO. Ni la calabaza, ni los dragones, ni los exterminadores de flamencos ni las hadas buenas, malas o más o menos.



Lu
PD: Hoy PIQUETE EN CORRIENTES Y CALLAO A LAS 19 POR JUSTICIA PARA LOS FLAMENCOS ARGENTINOS. 



Ah, sí. La corrección política ante todo. 



Atención compas: EL FLAMENCO ESTÁ INVADIENDO LA CIUDAD. 


Cancelen las peñas y festivales en los que pasen música de PACO DE LUCÍA Y EL CIGALA. 



***


VIVA LA SANTA FEDERACIÓN...
MUERAN LOS SALVAJES UNITARIOS...


Opsss... me equivoqué de canal de youtube.

lunes, 30 de octubre de 2017

La fusta



España está en problemas. 








Todos los argentinos tenemos parientes o amigos en la Madre Patria. Tenemos nuestras diferencias y guardamos un poco de rencor/dolor porque durante el gobierno de Zapatero expulsaban a los inmigrantes.


Ante la gravedad de la situación que atraviesa España (y no me refiero a la económica sino a la puja de la masonería británica por la secesión), y aunque con clara conciencia republicana, apoyamos al Rey Juan Carlos. 






No es cuestión de cambiar una monarquía por una tiranía (las imágenes del castro-chavismo/CIA que se publican en la red son aterradoras para Occidente).







Mi relato a favor de la unidad española:








La fusta.






Nosotras somos cuatro hermanas. Mis padres fueron gente sencilla, con una gran sabiduría que nos transmitieron con simpleza y pocas palabras, a través de sus acciones ejemplares, sus talentos y sus nobles miradas.


Cuando en casa nos peleábamos, como era inevitable, mi madre nos apaciguaba contándonos historias, anécdotas, algún que otro cuento infantil. Su estilo no era precisamente florido. Por eso, cuando me tocó leer los verdaderos relatos en libros ilustrados, siempre terminaban resultándome aburridos, farragosos o pesados. Ya conocía el final y había imaginado los detalles que mamá escamoteaba. 


Descubrir la poesía fue una bendición. En la brevedad y exactitud de los versos se podía decir mucho más que en Las mil y una noches juntas. No obstante, las narraciones más deslumbrantes que escuché de pequeñita siempre eran las bíblicas. Muchos de los episodios que nos contaba mamá no estaban en la Biblia que cultivé siendo adulta. Eran relatos de relatos que mamá había escuchado a mi abuela en la Iglesia de la isla de Strómboli. Seguramente apócrifos y con fines didácticos. Sus preferidas eran las parábolas que presentaban a Jesús como protagonista.


Los especialistas en filología y religión me dirán si la que contaré está o no referida en las Sagradas Escrituras, porque a estas alturas no me he vuelto a preocupar por la distinción y es posible que se me confundan los tantos.





Un padre, ya anciano, mandó llamar a sus cuatro hijos y, después de reunirlos, dijo:


Queridos hijos míos: Puesto que me iré de este mundo antes que ustedes, como es ley de vida, quiero comunicaros que he decidido testar los campos familiares en los que hemos trabajado juntos y, en consecuencia, los he repartido en cuatro partes iguales, con la única condición de mantener la familia unida. 


El mayor, sorprendido, manifestó su disgusto: “Pero papá, en nuestro país existe Institución de Mayorazgo. Yo debería ser a quien le toque la mayor parte de las tierras. Sabes que me destaco como un excelente administrador y que no abandonaré jamás a mis hermanos”.


El segundo lo interrumpió alegando que él era quien hacía la faena más dura, quien madrugaba más, se esforzaba por tener la mejor cosecha y producción, que en suma, era el verdadero dueño de los campos, que deberían ser de quienes lo trabajan y no de quienes se ocupan de la burocracia administrativa.


El tercero, detuvo a sus hermanos con una sonrisa persuasiva y seductora: “Cuidado. Yo soy quien promociona y vende lo producido al mejor precio de mercado, quien se sacrifica recorriendo pueblos en condiciones precarias para evitar grandes gastos a la familia, quien obtiene el dinero genuino con el que nos sustentamos, a mí debería corresponderme una mejora patrimonial”.


El más pequeño, un muchacho endeble que pasaba los días y las noches en la biblioteca, no hizo manifestación alguna. 


Se dedicó a observar a sus hermanos en silencio, mas cuando vio cómo peleaban los mayores para ver a quien le correspondía el caudal más abultado de la herencia, y notó que su padre se encontraba ante un serio problema propuso: ¿Por qué no lo votamos?


Buena idea -respondieron-. Decidirá la mayoría quien tiene razón. 


En ese momento, el primogénito, que sabía que la contabilidad no era bien vista como un trabajo justificado, previendo un resultado adverso, temió por su Mayorazgo y se opuso. Dijo que por muy democrático que fuera el acto podrían equivocarse. Así se sucedían argumentos y peleas, entre los tres hermanos mayores. Cada cual alegando su mejor derecho al paquete hereditario. 


Hasta que el padre para poner fin a la discusión ratificó que mantendría su idea original de darle a cada uno una parte igual a la de los demás. A regañadientes, aceptaron porque todos tuvieron temor de perder su porción de privilegios, aunque tomó la palabra el tercero, con sus dotes de buen vendedor, para decir que no era justo que si ellos tres trabajaban tanto el menor tuviera una porción en el asunto. No correspondía mantener vagos o haraganes.


El padre le preguntó al menor qué opinaba al respecto y este respondió: “Lo que digas tú, papá”.


El buen hombre optó por someterlos a una prueba salomónica.


Harto como estaba de tanta disputa, buscó una fusta de doce varillas de madera terciada las ató fuertemente con una cuerda y propuso la solución final: quien lograra partir la fusta en dos sería el dueño de todo. Los demás deberían acatar su voluntad. Así las cosas, pusieron manos a la obra.


El mayor que presumía de habilidad y destreza fue el primero en aceptar. Tomó el pesado hato, hizo fuerza, pero no logró quebrarlo.


El segundo, un hombre fortachón y rudo, hizo lo propio: intentó violentar la fusta, con toda la energía de la que era capaz, lo dobló pero tampoco alcanzó a partirla. El tercero, que veía venir que no tenía chance hizo hasta un intento con los pies. Pero, nada de nada.


El cuarto no se movió de su silla. El padre le pidió que se acercara a probar fortuna y este obedeció. Sus hermanos soltaron una carcajada. Ninguno de ellos había podido romper ese conjunto de varillas atadas que parecía un garrote invencible.


El menor, antes de dedicarse a cumplir el mandato paterno, realizó a su familia la siguiente oferta: si cumplía su objetivo, los hermanos tendrían una parte semejante en la herencia y trabajarían en comunidad. Como era débil y su éxito improbable, nadie discutió la propuesta.


Entonces, el chico desató la fusta, tomó cada varilla por separado y las fue rompiendo, una por una, sin dificultad. 


El padre sonrió y los hermanos, todavía incrédulos, admitieron que el menor les había salvado de la pobreza y del ridículo. 


Terminó el anciano la reunión explicando que cada uno tendría que hacer bien su parte en las tareas asignadas: El mayor administraría correctamente las ganancias de las ventas que consiguiera el tercero y que hubiera producido el segundo. 


El menor, desolado, dijo: “¿Y yo padre, qué puedo hacer en este trato en el que me veo beneficiado?” “Tú “, respondió el padre, “serás el encargado de que a tus hermanos no les desaten la fusta”.

jueves, 5 de octubre de 2017

El artista verdadero.

Algún día, no lejano, verá la luz el artista verdadero, aquel que nadie conoce y algunos sospechamos e intuimos debajo de una caricatura imperfecta que no se atreve a trascender su adolescencia presente y que propone a los ejércitos una rebelión que los libere del pesimismo consumista.
Sé que ese día lo encontrará escribiendo poemas y ficciones que marcarán a fuego a los amantes de la literatura contemporánea. Sin epopeyas y sin créditos de héroe, el hombre que supo pintar la desolación vendrá con frutos frescos a recrear el amor que nos salvará del fracaso.

lunes, 2 de octubre de 2017

Subrepción

Los actos de #subrepción son a menudo tolerados por ciudadanos "decentes" "que apuestan por la paz".
Penísima pena. 

sábado, 30 de septiembre de 2017

Investigadores

Investigadores de la Facultad de Psicología afirman que las mujeres solo deberíamos salir con hombres guapos y sin cerebro.
Qué vivos. Es muy lógico. Si además de guapo tuvieran cerebro estaríamos en problemas.

¿En qué categoría te alineás?

martes, 26 de septiembre de 2017

Libertad de expresión.

  • Para  Orwell  "la libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír."
    Es verdad. Por eso, es tan fastidiosa para los tiranos y para los tontos.