miércoles, 23 de noviembre de 2016

El caso de Linda Guzmán

Linda Guzmán era una conocida modelo y actriz mexicana, hija de un difunto político de California y una novelista michoacana, de clase alta, que formaba parte del ambiente artístico en el espectáculo local.  
Sus cuentas bancarias superaban varios millones en divisas fuertes, sus piernas estaban aseguradas en sumas fabulosamente caras y su rostro, aunque joven y bello, empezaba a necesitar alguna cirugía estética, que le quitara alguna marca del paso del inexorable lugar común, para poder seguir facturando en su ascendente carrera.
Hacía dos años que tenía un novio al que adoraba. Era un actor, talentoso y guapísimo, envidiado por la mitad del planeta, con una sonrisa de esas que atraviesan los cristales y que en el cine nos constriñe a pensar que somos un fracaso.
La placidez de Linda era armoniosa, su salud estupenda y su familia la rodeaba con devoción y cariño verdadero.
Amada y respetada por sus fans, de repente, se dio cuenta de que su existencia era una catástrofe.
Un par de meses antes de que derrapara, con la finalidad de hacer unas fotos para una conocida revista de modas, la contrataron para una sesión de fotografías en las ruinas de Pataliputra,  y allí se alojó en un pueblo cercano, en el Estado de Bihar, donde encontró personas paupérrimas de quienes siempre creyó que eran felices por su filosofía oriental. Ni en sus clases de yoga ni  en sus  meditaciones jainistas (una religión nacida en la era  precristiana que rechaza el sistema de castas y la autoridad de los libros sagrados, y obliga reflexionar sobre la libertad e igualdad de los individuos), se le ocurrió antes que vivir en la pobreza fuera un inconveniente siniestro.
Su dinero le pesaba y no sabía bien qué hacer con él. Ansiaba retirarse del mundo de los negocios para vivir en tranquilidad. No ignoraba que su estilo de vida tenía un costo elevado (libros, gurús, gimnasio, peluqueros, modistos de haute couture, entrenadores de deporte, uñas esculpidas, expensas de vivienda, automóviles, esteticistas, terapias formales o alternativas, conciertos).  
Comenzó a deprimirse cuando nadie lo hubiera sospechado.  Su sonrisa angelical tropezó con la realidad y sus trabajos declinaron el interés de los empresarios. Podía darse el lujo de desestimar campañas publicitarias menores mientras aguardaba un protagónico en alguna película clase A,  dictando conferencias que la sindicaban como una estrella de la comunicación social, intelectual y hermosa (combinación letal y adictiva para quienes asisten a este tipo de eventos).
El problema fue que su depresión comenzó a tornarse más severa con el transcurso de las semanas. Su psicóloga, enseguida, la derivó a un especialista de prestigio que cobraba fortunas y  medicaba con precaución. La tristeza, sin embargo, se volvió melancolía insuperable.
Rompió con su novio, perdió amigos, su teléfono dejó de sonar, su representante la abandonó, y como era de esperar, se hizo adicta a los somníferos, a los chocolates y a las harinas.
Una mañana en la que cavilaba sobre las bondades del suicidio, su asistente personal le informó que había llegado una carta desde India. Una niña de ocho años, que no recordaba y resultó ser la hija de una maquilladora, le escribía en perfecto inglés, para explicarle que sus padres habían fallecido en un alud en medio de inundaciones torrenciales; ella y sus hermanitas habían quedado huérfanas, a cargo de la iglesia, de la que uno de sus curitas estaba oficiando de intérprete para enviar esa misiva de socorro. Agregaba en la posdata el intermediario, que la niña estaba tomando clases de inglés gratuitas, que era muy inteligente pero tenía necesidad de su colaboración, y la invitaba a amadrinar a los pequeños.
Lo raro era que no le pedía dinero sino que le preguntaba si podía hacerse cargo de la familia completa, cobijándola en su casa de Puerto Vallarta. Aunque Linda dominaba varias lenguas extranjeras le sorprendió que le escribiera en inglés, dado que en su paso por India tanto ella como el equipo de producción solo habían hablado en español. ¿Por qué presumir que la carta no iría a parar al cesto de papeles? ¿Sería una publicidad panfletaria o una señal del destino?
Sin nada que perder, sacó la limusina de la cochera, llegó al aeropuerto, con pasaporte al día (tenía todo en regla por la campaña del jabón de tocador que la llevara a ese lejano tugurio), compró su billete con escalas rumbo a Patna, y allí se colgó en un camión hacia a aquel sitio inhóspito, siguiendo las indicaciones de la carta que había guardado como un tesoro.
No había tenido tiempo ni de envolver los regalos comprados a las apuradas, previo al preembarque, y advirtió que no llevaba maletas consigo recién después de pasar por Migraciones.
Al llegar, se acercó a una cabaña maltrecha y la recibió un joven moreno oriundo de Senegal.  Salieron a abrazarla Ruanda y sus hermanas como si fuera el Mesías.
A los seis días, estaba de regreso con los cuatro hermanitos que no hablaban palabra de castellano. La mayor, apenas, champurreaba el inglés y era quien se ocupaba de los precarios contactos con su benefactora.
Al poco tiempo, Linda, pese a haber sido desbordada por el trabajo que se comprometió a asumir, aprendió hindi, a cocinar comidas étnicas y se mudó de la mansión a una granja, abandonó la carrera laboral, los cursos de filosofía, y se dedicó a atender al grupo familiar, con la dedicación propia de las buenas personas. Creó, asimismo, una Fundación a la que destinó todos sus recursos y tiempo.
Ayudando a los desprotegidos por la violencia y desamparo económico de que era víctima su sociedad, logró conocerse a sí misma y romper con la peor de las tiranías, la invisible carga de esclavitud que establece el dogmático molde de occidente para la mujer.  
Superó su enfermedad psíquica y se transformó en un ser de luz y amor: una maestra real para sus seguidores, quienes, como era inevitable, se enteraron por la prensa de su extravagante proyecto de vida.
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