martes, 8 de noviembre de 2016

La mermelada inescrupulosa

Espero que puedas perdonarme, le dijo la mermelada hirviendo a la cocinera de pastelería, a quien quemó las manos al desbordarse. Ella recriminó: voy a convertir en gelatina a esta criminal y ya sabrá lo que es no tener gusto a nada. El azúcar caramelizado se pegaba al fondo de la olla porque la mujer con su piel ardiendo no podía revolverlo. El humo se expandió por todo el restaurante. Cuando el jefe de planta entró en la cocina vio la escena dantesca: las llamas alcanzaban al techo, la cocinera gemía del dolor vomitando insultos a la mermelada y la mermelada burbujeaba calladita, calladita.

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