martes, 6 de diciembre de 2016

Cartas de ti a mí

Querido cuerpo:

Buenos días, minina.

Hoy te recupero tras largas noches de pereza en el destierro que elegiste.

Emotivo es el eco de tu llanto en las mejillas. Un dolor agudo se va evaporando con tus lágrimas, que ya no son salados granos sino almíbar dulce.

No debiste persistir en esa lucha desigual donde ni siquiera eras vos contra el mundo sino vos contra vos misma, portando el peso de la Humanidad en tus espaldas. Solita y sola; como una obligación kármica, como un destino fatal que te impusieron los miserables perversos del poder, que intentaron distorsionarte con sus curas profilácticas.

No negaré que su cartita, producto de una filosofía existencialista de manual escolar, ha impactado fuertemente sobre mí.
El milagro se encuentra cada día disponible para quien sepa verlo o ayudarlo a descubrir su fino velo.

Tu cuerpo está aquí, con nosotros, todos los tuyos.

Qué lejos queda aquella Fedra que te atosigaba con su leyenda mitológica.

A cada minuto mutamos y nos tornamos distintos. Tal como anunciaba el poeta: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

Emerger de la sombra tuvo un costo. Estás pagando los errores.

Bienvenida a la vida, que por ahora, es esta, la única que conocemos los mortales.

Lu.



Estimada Lucía:

No negaré que su cartita, producto de una filosofía existencialista de manual escolar, ha impactado fuertemente sobre mí. No pasó inadvertida.

Se fue instalando como un murmullo en mi memoria, preguntándome una vez y la siguiente, si no tendría usted razón en su invitación a la realidad y en pedirme que me dedicara a conservar mi cuerpo, la materia, la cáscara que me permite sobrevivir, aunque ésta también sea una pura energía condensada.

Me muestra en el espejo la incompletitud y destroza la perfección de las líneas mentales con lo concreto.

Usted me exhibe impunemente el embrión de la senilidad ante mis ojos, para que yo diga stop, alto el fuego, se acabó lo que se daba.

Debo regresar urgentemente al tacto y al sabor, al oído de las voces y la tersura de la música; a percibir el perfume de los árboles; a sentir el contacto de mis pies caminando en la arena; y debo comprarme un par de zapatos para rodar por el asfalto de Buenos Aires y un vestido nuevo y escotado para las fiestas con bailes de verano.

No será fácil. Ya me conoce: soy intratable por naturaleza y rebelde por convicción. No acepto reglas fijas, ni estructuras prediseñadas para amortizar las diferencias y vendernos felicidad último modelo en un lindo envoltorio de papel de seda. No me convencen las historias de redención. Creo, como tantos, que el universo es una gran mentira organizada. Toda verdad es media verdad. Toda mentira es una gran mentira.

Sabotearé sus nobles intenciones para el renacimiento que me propone, a cada paso. Seré implacable. Evite los descuidos.

Necesitaré tal vez muletas y una dosis extra de optimismo adulón ante mi falta de perseverancia crónica. Poseo el don de arruinar los proyectos más simples, ingenuos o sencillos.

Vivía sumergida en el fondo del abismo, sin luz ni fantasía aunque feliz con mi conciencia. No tenía una escalera al cielo de Lucy in the sky of diamonds, ni un unicornio azul ni compañeros que me canten que le den candela, ay, que le den castigo.

No creo que lleguemos a ser amigas, señora, al menos intentaré convivir con usted, con mi otro yo, con mis fantasmas, mis personajes reales, sus duplicados y recodos y sus papeles carbónicos, que son muchos y secundarios, que no dejan de hacer un ruido escandaloso durante la jornada diurna y al caer la medianoche entran con sigilo a poblar mis sueños vibrantes con historias de alucinaciones, de terror y de misterio.

Usted me ha tendido una mano salvadora.
 ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Valdrá la pena?
   La aceptaré con precaución y escepticismo.
     No pienso agradecérsela.

Lu.



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