lunes, 5 de diciembre de 2016

El otro, el uno.

El otro, el uno 


El otro, hombre o mujer, siempre muerto, obedece las órdenes y cumple sus deberes y mandatos. El uno, que era yo, su ángel de la guarda, no actuó de modo inocente. Antes de que aquel pudiera comprender el crimen que se  cometiera, ahogó su libertad y la vistió de negro.

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, es el salvador de la humanidad. Cuando quiero resucitarlo cambio su copa divina por una cruz y lo elijo como excusa.  


El suicida


El otro, hombre o mujer, siempre muerto, amenaza con suicidarse. Su contradicción teje la red de tráfico por el que pululan las arañas fracasadas y los héroes desnudos.

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, está vivo en el secreto de unas cartas de amor, encontradas por casualidad en una biblioteca desdeñada de una casa que ya no existe sino en fotos color sepia del pasado remoto.

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, se manifiesta desde el principio en un bello fantasma, en una rosa deshojada o en una claridad final que vino a intimar con nuestra melancolía.


Los inmortales 

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, tiempo y circunstancia, pasión y odio, es inmortal como el del nombre de la vocal que desconozco.

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, trae una noticia oscura. El otro, hombre o mujer, es el mensajero que contempla asombrado la alegría  y con su noche cerrada baña el río y nos anuncia la sombra.

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, está a la vuelta de la esquina, contando cuentos, haciendo bromas, cosechando frutas de dorado dulzor en la pradera u hongos venenosos al pie de la montaña.


El acoso 

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, de pronto se convierte en cisne para perseguir a Leda.

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, siempre herido, siempre feliz, siempre atormentado, nos acorrala con su usura como un banquero tenaz.

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, muertito, solo es un eslabón de la cadena que no sabemos dónde termina.


Significados

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, viaja en un barco con su propio más allá, a cuestas sobre el lomo, sumido en ardua resistencia a renacer, sin despertarse de la incertidumbre, amiga de ruinas y de mundos en pugna. El otro, en una larga despedida de ti, detenida en el último verso, te mira con la pena del tacto ausente, en el caos de un retorno inservible y una identidad estéril que apenas cabe en el monosílabo que deberás aprender a resignificar, cuando llegue tu hora.


Justamente 

El otro, hombre o mujer, siempre muerto, el del laberinto, el del espejo, el del ajedrez del señor Borges, el del conejo de la señorita Alicia, el de las defunciones con preciosísimos relojes, el del movimiento continuo del lenguaje y la aritmética, demanda al fotógrafo una explicación sobre ¿por qué morir es necesario?


El otro, hombre o mujer, siempre muerto, post mortem, premuerto, el que nunca falla, porque tanto te quiere dentro de su altitud espiritual, oferta su visión y responde: “Justamente”.

                        La danza de los espectros (Proyecto: Museo de Arte Moderno y Museo                                                        Marco de México, curador Gonzalo Ortega)





                                                             Álbum personal 









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