martes, 6 de diciembre de 2016

El tiempo

EL TIEMPO.

El meteorólogo apagó el despertador justo a tiempo. Nublado y frío. Humedad ciento por ciento. Probabilidad de chaparrones. Todavía tenía unos minutos para remolonear en las sábanas vulgares de su cama de recién divorciado.
Malos tiempos para enamorarse. Charlot tenía razón: crisis, individualismos, desempleo. Eran tiempos del cine mudo. Todo estaba sujeto a mudanzas y devaneos industriales. Oh tempora oh mores. Tiempos modernos. Nada ha cambiado.
El reloj marcó las quinientos. 5.00 a.m. hora local en todo el país.
Tiempo de tomar un café cargado con pan de salvado y manteca. Qué salvado ni salvado. No tendría que comer pan con manteca. Es tiempo de empezar una dieta, gordito. Cuestión de proponérselo. A mal tiempo buena cara.
A mal tiempo buena cara, pensó.
Se dio una rápida ducha (para no perder tiempo) y se vistió con esmero. Primer día de trabajo, después de sus vacaciones en el Tiempo Compartido con la mujer que lo abandonaría por su mejor amigo.
“Todo bien” se dijo, aunque añoró los tiempos de su abuela con familia para toda la vida.
Aunque si la vida te dura demasiado ¿se puede seguir amando a la misma persona durante tanto tiempo? La pasión acabará con la Nona de Sábado Santo. Si al menos uno supiera cuánto tiempo le queda a la nona.
Él podría intentarlo con la chica del aviso del Seguro Automotor, la que muestra los carteles en el noticiero.
Apurate, hombre. No te quedes ahí que no podés tomar taxi todos los días, con la miseria que te pagan en el canal. No te distraigas, man y dejá la parálisis que no es tiempo de búsqueda. ¿Qué será el tiempo? ¿Hay un tiempo absoluto, uno relativo, y otro que definitivamente no existe?
Tiempo y espíritu. Vana dialéctica.
“Soy un hombre de mi tiempito” dijo Sábato. ¿O fue Borges? ¿Y “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”? Qué se yo. Tanto tiempo que no agarro un libro. El trabajo no me deja tiempo libre. En mis buenos tiempos era lector de novelas. (“Allá lejos y hace tiempo”, obra maestra) Tengo que sumar y restar coordenadas todo el santo día (¿todo el tiempo?) laburando para decir el informe de las mañanas. ¿Qué me pongo? ¿Y si el tiempo se descompone? Si no sabés vos que estudiás el clima, macho...

¿El clima es tiempo o es clima nomás? Da igual, ¿quién le hace caso al hombre del tiempo?
Si estuviera más tiempo con ella, si la chica del seguro me diera calce, pero la boba anda detrás del locutor que le lleva 30 años. Quince más que yo. Me contaron los camarógrafos que los vieron juntos. ¿Cuánto tiempo le durará el jovato? A las minas no les gusta que los hombres tomen pastillas. Menos mal que todavía soy joven y no necesito estímulos extras. Ya habrá tiempo.
Cuando el meteorólogo llegó al canal, lo encontró clausurado por un incendio. Los bomberos llegaron en pocos minutos y hubo suficiente tiempo para sofocar las llamas que aparentemente no tenían origen intencional.
Los reporteros en la calle tomaban montones de fotografías. Venían de todos los medios televisivos, gráficos y radiales.
Tiempo al tiempo.
Un muchacho estudiante de periodismo le pidió algún comentario al respecto.
El meteorólogo no tenía gran facilidad de palabra ni técnica adquirida para las entrevistas.
Así que lo único que se le ocurrió decir fue: “Crónicas marcianas. El tiempo debe detenerse”, recordando dos títulos de novelas de sus escritores favoritos de la adolescencia”.
El productor de un canal de la competencia lo vio en pantalla al mediodía y por primera vez notó la lucidez, buena presencia y carisma del meteorólogo.
Sin perder tiempo, lo hizo llamar por su secretaria y le ofreció la conducción de un programa de la tarde del tipo magazine: “Tiempo de mujer”. El gerente del noticiero en el que trabajaba el meteorólogo era su ex suegro y como “en el tiempo de higos no hay amigos”, el productor le ofertó el triple del sueldo y la posibilidad de llevar una co-conductora a elección.
La chica del Seguro era tan bonita que el ofertante no tuvo inconveniente en aceptarla.
Ella enseguida olvidó al locutor mayor y apuró el noviazgo con el meteorólogo devenido en estrella de señoras.
El Minuto a minuto lo favorecía. Cuando él se quedaba sin palabras guionadas mencionaba algún título de novela: “Tiempo de cerezas”, por ejemplo, y todos lo consideraban el último gran intelectual. Cuando le tocaba el turno a la asistente, la muchacha cantaba:
“Quiero tiempo
pero tiempo no apretado,
tiempo de jugar
que es mejor,
por favor me lo da suelto
y no enlatado
adentro de un televisor”…
Siempre la misma y única canción que recordaba de boca de su madre, fan de María Elena.
Los más pequeños deslumbrados aplaudían en el estudio.
Un día de estos el dueño del canal la invitará a salir y encabezará un programa para chicos. Es probable que antes de fin de año haga cuatro o cinco propagandas y firme un libro de cuentitos infantiles, que le escribirá alguna maestra jubilada.
Un día como hoy el dueño del canal la invitó a salir y le prometió que encabezaría un programa para chicos. Es probable que antes de fin de año haga cuatro o cinco propagandas.
Lo del libro está lejos. Falta un tiempo, aún. Tal vez, intentando con algún empresario poderoso, o algún funcionario del Gobierno tendría mejor suerte.
Y luego, pedirá tomarse un tiempo para reflexionar sobre la pareja.
Mejor no pensar en eso. El tiempo dirá.
Mejor no pensar en eso. El tiempo dirá.
Mejor no pensar en eso.
El tiempo dirá.



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