martes, 6 de diciembre de 2016

La miseria de lo falso

LA MISERIA DE LO FALSO

Nuestra Virgen María, la intensidad de ausencias, María de la Tierra, Lucía la que lucía en ensoñaciones.
(de vez en cuando escuchas aquella voz canta la negra Sosa).
Aquella voz. Esa voz.
Pero esa voz es falsa moneda.
No existe el artilugio como no existe ella. No existe más nuestra infancia, donde dejamos la pobreza estructural rodeada de libros de Tolstoi, María María, la guerra y la paz, extraña coincidencia la nuestra de readers digest y anas kareninas.
Muchas personas hallan corriente y fatal la falsificación de la moneda.
Igual de vulgar e inexorable encontramos la imitación de las vidas sin identidades: El mundo paralelo de los que transitan por un heterónimo.
Y ocurre, de vez en cuando, que nos sentimos vaciados por el espectro. Como si el anónimo personaje quisiera ser nosotros mismos, nuestra palabra perfumando con aire el nuevo día. No los desechos que se asientan en la mente al desdoblarse y vernos desde fuera. Nuestra voz corregida por el foniatra de los pájaros. Una palabra de palabras, que pasa en limpio el borrador de nuestras intenciones, afectos y desperfectos. Una lupa que aumenta el signo. Una signatura como asignatura pendiente o dependiente.
El portento es este, para algunos incautos que subliman y tildan de agradable el estereotipo. Porque cuando uno quiere desgajar (desgarrar, desnudar, desvelar) el desfiladero, advierte sin ir demasiado lejos de su calle que no hay voz sin eco, ni eco sin arquetipo.
Sonámbulos y desprevenidos vamos pactando tristes rutinas para descubrir falsificaciones en nuestras imágenes oníricas.
¿Y qué se nos presenta con el análisis de tales agostos?
Que teníamos falsos billetes en nuestros bolsillos mágicos y que es hora de irlos devolviendo al legítimo dueño: El portador del detritus de la confianza ciega.
He aquí la verdadera miseria. Nuestra orfandad en una caja de supermercado. La vergüenza de sentir que no somos creídos por no haber sido creados, por carecer de nombre y apellido. Por ser un simulacro de pensamientos, más o menos afilados, heridos por el trueno de la esencia perturbadora de nuestro mutismo.


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