jueves, 15 de diciembre de 2016

Prólogo de una tarde para venganzas

La envidia tiene según la definición de la R.A.E. dos acepciones. La primera se refiere a la tristeza o pesar por el bien ajeno. La segunda a la emulación o deseo de algo que no se posee. Distingue así lo que el vulgo denomina “envidia de la mala y de la buena”. Sin deseo las sociedades civilizadas no avanzan. El diccionario no determina que se trate de anhelos materiales sino que da un concepto amplio. Se pueden envidiar el genio, la belleza, el talento, la paciencia, la bondad, el valor, la holgura, el temperamento ajenos. Este tipo de aspiraciones nos plantean la posibilidad de superar los límites que nos alejan de esos valores que apreciamos. Cuando ese deseo vital de crecimiento nos entristece o desuela deja de transformarse en un adalid para convertirse en tortura psíquica. El daño puede causar obsesión, enfermedad, imposibilidad de enfrentar los avatares de la vida. En este caso la envidia es un pecado capital.

El sentido ilusorio de nuestra existencia nos da pocas certezas. Una de ellas es que debemos intentar ser felices, estar en paz, evitar el dolor. De eso se trata el trabajo humano: aliviar, .aligerar las fatigas o aflicciones que incumben a nuestra endeble naturaleza.

La venganza en cambio es una satisfacción que se toma del agravio o daño recibido. Dar satisfacción al damnificado es una de las razones de la Justicia, considerada una de las cuatro virtudes cardinales. ¿La venganza es justicia entonces? Ciertamente no. La venganza conlleva en su complejo circuito una maldad adosada. Se la conoce como el placer de los dioses. El placer es en este caso arbitrario. No tiene normas éticas ni jurídicas a los que responder. Los dioses pueden actuar como Moctezuma, contra la naturaleza sin sentir culpa, que es en todo caso, una de las peores cargas que soportamos desde la transgresión bíblica de Eva al mandato divino.
En una acepción desusada, venganza es castigo, pena. La Justicia en cambio, habla de sanción. Nuestra Constitución Nacional es elocuente cuando establece que “las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”.

Si en la actualidad no existen diferencias entre los distintos conceptos, si cualquiera se siente apto para el juzgamiento, para tomar venganza por mano propia, libre de matar a otro por un estado de necesidad, de alienación o de miedo manifiesto, es porque no hay un debate filosófico sobre el ser de la Justicia, su importancia y la función social que esta debe cumplir.

Podría dar definiciones metafóricas. Las aprecio. Pero en instancias de gravedad como la actual, cuando se han roto los pactos sociales que ligan a los habitantes del mundo entero, caídos en la burda ilógica de las monarquías absolutistas y los imperialismos autocráticos hay que plantarse y exigir consideraciones concretas y válidas. El poderoso gobernante imprime leyes antinaturales, las ejecuta, tolera los delitos aberrantes de los capitalismos amparados en la casuística legal que carece de equidad, se genera una angustia profunda, un malestar inequívoco, que luego llaman envidia. Y van más lejos aún, se arrogan el derecho de calificar de venganza actos de activismo reivindicatorio de los desamparados por el sistema.

¿Hasta cuándo seguirán enriqueciéndose unos pocos con la ingenuidad social mayoritaria?

Si hay necios e inescrupulosos que sienten temor al advenimiento de una venganza de clases, a la que consideran causada por envidia de sus bienes materiales desproporcionados y la soberbia que esgrimen, no se preocupen más, ya nos estamos vengando sin necesidad de empuñar más arma que la pluma de ganso.

Será injusto, cierto, pero cuánta felicidad nos provoca. Ahora la envidia es de ellos.

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