martes, 6 de diciembre de 2016

Prosas I I


 I I


Cada letra es una ceniza del extenuado corazón; la blancura de los pétalos de un jardín amarillento; el aliento atesorado en una flauta prodigiosa; el pan y las confituras de tu mesa vacía.
Arrepiéntete. No te arrepientas de nada. Duda. Ten la certeza de no dudar. Grita. Calla. Explícate. Vacila. Sopla. Ruega. Vende.  Regala. Compréndete. Pierde. Compra. Salta. Trueca. Olvídalo. A Dios tus pequeñas manías le dan lo mismo. Tu tramo  está sellado entre líneas y símbolos azarosos de una perfección incalculable.
El poeta aseveró: “El muro es tu único testigo” y quiso significar que  “el espacio en blanco” de su escritura era su margen de error y salvación. Cuando nadie nos observa, Dios todo lo ve. Sus notarios escuchan a través de las paredes.
“El muro es mi único testigo” dije yo. Los años pasaron. El muro es otro muro irrevocable. Nunca sospechado por ser excesivamente predecible. Un muro que me excluye y me retiene como a una mariposa disecada bajo un cristal de laboratorio humano. 
 Malgastamos el presente en escribir nuevas oraciones gimiendo sentimientos asfixiados, condolencias y terquedades. La ausencia no se puede esconder debajo de la alfombra. La soledad es árida y permanente.
La tecnología avanza, el papel se humedece. Las liendres comen el libro. El aire se lleva nuestros mensajes en sitios virtuales que fagocitan el pensamiento moderno con antiguos artilugios. La quema de libros, la obligatoriedad de cambiar de idiomas, la lengua muerta en sepelios rutilantes de convocatoria y cajón cerrado. 
El sendero de los ciegos. La irrespetuosidad ante los dioses. Las falsas religiones.  La tartamudez de los artistas. El precio de los seres vivos. La energía de los muertos. Todo es verdad. La mentira es verdad porque existe y su voz hace ruido en las tinieblas.

De repente, un punto límite entre el hambre de la vida y el hambre por la vida.  Atesóralo en la palma de tu mano y después recorre tu ciudad contando cada señal de la ruta para que tu vecino llegue en paz a su destino.
Vaticinan años duros. ¿Cuándo tuvimos años blandos los humildes? Vaticinan lluvias copiosas. ¿Cuándo vimos el sol del amanecer apaciblemente sin estar obligados a apagar nuestro despertador interior con el asombro de quien espera que algo cambie de algún modo?

Prepara el oído para la blasfemia, el ojo para la belleza insulsa, el olfato para reconocer el olor de los velatorios y huir de prisa.
¿Leer para qué? Para aprender a leernos y desquitarnos de la imposibilidad de  vivir con nosotros a cuestas.
La mente falla al recordar la sucesión de las palabras. Mala es la suerte de tener buena memoria. Toma mi cuaderno y escribe. Solo el signo no perece.
Las palabras están hartas de semántica, de etimología, de semiótica, de filología, de definiciones, de conjugación verbal., de sintaxis, de penas y alegrías. Hartas de ser descripción, adjetivo cardinal, ordinal, préstamo gratuito, crédito innecesario, pronombre, alegoría. Cambia de juego si quieres cambiar de estado de ánimo. 
Paso a paso las tortugas llegan a descubrir el horizonte.

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