martes, 6 de diciembre de 2016

Prosas I

La noche nos promete ser clara y transparente de estrellas del color de agrisados ojos nebulosos.
No habrá sobresaltos. La música protege el templo de las musas, amparado del ácido corrosivo de las discotecas diabólicas.
¿Quién se atreverá a pedirme que abandone el edificio?
Me mantendré impasible como una tímida cigüeña a punto de emigrar de su morada.
Nunca anheles la desgracia de ser rey ni parecerlo.
Pesa sobre mi espalda la furia de los violentos,  el llanto de los idiotas, las efigies de piedra dura de los corruptos.
La impureza de una rosa se trueca por sus espinas.
Nunca anheles la desdicha del guerrero de la paz, aunque en noches aciagas y tortuosas envides su vejez desconsolada por la ausencia de aquella que ha partido, sin sospechar que mataba a su excelencia, con los labios robados a la luna, de los cuadros que secretamente le pintaba, bajo ínclito seudónimo, con el afán de llevar misterio donde había luz y conmoverla.
Debes empezar considerando que aun siendo distintos ninguno de nosotros es distinto a sí mismo e igual al otro eterno.
El antiguo testimonio de los libros religiosos suele dar cuenta épica de la sangre regada en arenas infinitas, antes y después del tiempo y la sustancia.
Los verdugos ignoran la estupidez humana. Por eso son humanos. Por eso son verdugos.
Mi ser se desquita de la continuidad perezosa o más bien de su motivo de sobrevivencia femenina del erotismo circular y autónomo.
Debes también, adherir a la humidad, hijo mío, sin dar pasos en falso que conducen a camino del pecado original.
Es obsceno mirar a cualquier parte. Es obsceno cerrar los ojos y dejar de ver sin la mirada.
Aquí están copulando el cielo y el infierno, albergados en un todo universal limpio y perfecto.
El tacto aguarda su resarcimiento. El olor penetra sin mancha de anhelo alguno.
La expectación se ha transformado en santa resignación de los designios divinos. Se parece a un puente cubierto de nieve, resbaloso y frío de un país tan lejano que es probable que solo  sea perceptible en la cuna de la imaginación.
Asignar luz a las sombras para inventar la experiencia de la palabra es aliviar la fe, que no se explica.


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