martes, 6 de diciembre de 2016

Prosas IX

I X
Detengámonos un poco en el trivial asunto del estilo. Hay personas a quienes admiro con fervor. Tienen el don de narrar de un modo neutral. Desaparecen de sus relatos y nos dejan apaciblemente disfrutar de los acontecimientos que les suceden, con una frecuencia inusitada, a sus múltiples criaturas.  Escriben de un modo delicioso, nos cuentan los detalles más insignificantes y a través de sus ojos imaginamos ese mundo vital, que circula como la sangre de la literatura.  Describen con pluma maestra, eligen las profesiones adecuadas para sus personajes literarios. Son los dioses que construyen universos superpuestos, fictos y sin embargo,  crónicas casi reales.  Son capaces de enumerar los hoyos de golf de un campo de juego, y de comentarnos como al pasar que son más de los reglamentarios o de promover simpatía hasta por los vagabundos más sucios y desagradables de las ciudades polvorientas. Entran y salen por las puertas con naturalidad.  Estacionan sus autos, conocen personas bastante menos interesantes que las que nos rodean en la vida cotidiana, las ornamentan, las pulen y nos las exhiben porque tienen luz en los ojos y tristezas a ras del suelo. Las manos, en sus narrativas no son manos con cinco dedos, más o menos arrugadas son manos “cardeñas, angulosas, nervudas y luengas”. Y cuando describen olores, guau, son olores que jamás percibimos porque se asemejan a cosas tan insólitas como cruceros naufragados en una isla desierta, como flores cuyos nombres no desconocemos pero que jamás hemos olido en nuestra desaprensiva existencia o como aromas de la industria del perfume a la que jamás accederemos con nuestro humildes salarios. La pregunta que nos hacemos, cuando terminamos de leer alguno de sus cuentos, reportajes, novelas es por qué son tan iguales unos a otros. Sé, como es lógico, que no hay tantas historias que contar, que la jerga globalizada determina el bien y el mal: unifica sus pensamientos- melaza. Es cierto que dije que los admiro demasiado, con furor, pero los admiro  por su espíritu de cuerpo, como clase social que me toma desprevenida, como sindicato autónomo bien regulado, como si en ellos el estilo fuera carecer en absoluto de estilo y parecerse a sus semejantes; evitar la desavenencia de voluntades u opiniones pasajeras.  Porque, en el fondo de mi corazón siento un pequeño fastidio cuando no son capaces de jugarse la muerte en la ruleta rusa de las palabras y van a lo seguro. A la apuesta en firme. Uno juega rojo, el otro negro, la banca el cero y siempre alguno gana, y siempre alguno pierde, pero tienen la autonomía suficiente como para proponer un nuevo tiro de dados al croupier del casino sin paredes, en el que hay solo ventanas y pases mágicos de bendiciones y estigmatizaciones.  Son diccionarios vivientes, escuchadores atentos (he llegado a pensar que graban conversaciones enteras para poder hacer su trabajo menos dificultoso, reproduciéndolas en su simple acto dactilográfico, y que sienten verdadero encono ante la página en blanco, cuando no un tedio sostenido). Se aburren de escribir y nos quieren convencer de lo contrario elogiándose mutuamente en finos receptáculos de la verdad verdadera, con su batería de ruidos y sonidos escogidos ad hoc de la banda musical que se les cruzó por la carretera. Estos son los escritores de lo que he dado el llamar Proyecto Ruta 66.  El estilo trivial es más trivial de lo que aparenta. Es rudimentario,  obcecado, simple. Es ingenioso, es creativo, pero es soso como una patata hervida, no sabe desfallecer hasta para emitir gruñidos. Que los admire no significa que no pueda sentir repulsión por sus frases preconcebidas y evitar sus textos, por si tengo la fortuna de descubrir una flor del aire en algún rincón de las librerías, lo bastante oculta como para darme cuenta que es una joya enterrada fuera de la vista de los depredadores. El tesoro que el pirata nunca regresó a buscar, porque fue capturado por fieros empleados del orden establecido. Los autores descriptivos son un segmento de la recta infinita y contradictoria que desdibujan mi interés por la escritura.  Un segmento, con principio y fin,  prescindible o no, de la raya con la que, impacientes, nos drogamos los aficionados a la lectura, para recaer en la desgracia adictiva de leer por leer, como mandato de una cultura vacía de conflictos que elogia a los prolijos recolectores de granos, antes que a los inventores de la rueda, del arado o a sus geómetras.


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