martes, 6 de diciembre de 2016

Prosas V

V
Los huesos del artista fueron drenados hasta que quedaron resecos, vaciados de su médula y apenas sostienen un cuerpo escuálido y macilento, que añora su redención a través de la obra afterdeath, como íntima venganza de su empecinamiento. Pero no es eso  o verdaderamente grave. Que no  habrá finales felices ni vidas bukowskianas para todos, ni cámaras atentas a la difusión mundial cuando acabe el viaje duro y obstinado es un hecho traslúcido. No afectará la necesidad por la creación, porque desde que se larga la carrera por el reconocimiento (éxito es otra cosa mucho menos misteriosa) todos saben que no hay sino podio para uno. El misterio de los elegidos. El resto será (seremos) claqué, actores secundarios, extras de reparto, meros guionistas, técnicos aplicados, resignados alumnos que no acceden a la llave maestra que abre el palacio del inconsciente colectivo, colectivo cada día más consciente de su inconsciencia, si se me permite la digresión del juego de palabras.
Ayer leí dos antologías poéticas completas. Debo reconocer, con pesar, que  sus autores eran muy malos. Un hombre y una mujer. Uno ya fallecido, (no diré cuál es cual), ambos con cierto renombre en el mundillo literario.  Cuanto más leía esos versos más comprendía, a contrario sensu,  el espíritu de la poesía como arte supremo,  su mística, su secreto de estado, su excelencia.  Un poeta peruano, un poeta español. Los dos académicos de larga trayectoria. Uno traductor (llegué a su lectura por la emoción que me produjeron sus traducciones de un ilustre escritor, de quien jamás sospeché que sería tan bueno en una lengua materna que rara vez ha dado buenos poetas). El caso es que uno era locuaz, los versos perfectamente alineados y medidos, con riqueza lingüística, talento narrativo, un dominio absoluto del oficio, cierta gracia. El otro, también, aunque se notaba que su empeño poético estaba a contramano de su trabajo idiomático y su verdadero arte estaría en las traducciones. Al poeta peruano habrá que perdonarle su ingenuidad porque no alcancé a percibir una sola idea memorable en su profusa obra. Al otro también habrá que perdonarle su atrevimiento. Creyó que si podría iluminar la complejidad de algunos grandes autores podría aportar algo suyo, con el convencimiento de que no lo haría del todo mal. Para resolver el punto de fuga de mi incertidumbre crítica, volví a leer a los poetas traducidos, a los geniales,  y descubrí su grandiosidad, la perdurabilidad de sus palabras, el vapor que emanaban sus poemas después de ser incorporados como una parte activa de nuestra personalidad. Volver a estos iluminados por la palabra exacta (uno todavía está vivo, y es una felicidad el descubrimiento porque incluye la potencialidad de llegar a conocerlo), me hizo ver cuánto de los dos malos poetas habían estado rodando por mis cabeza, sigilosamente, haciendo pasar gato por liebre, mezclando el agua y el aceite, lamiendo de sus antepasados lo que no podrían llegar a crear en diez vidas seguidas y dando cátedras reveladoras. Me disculparás, lector, que no dé nombres. Estoy mirando dentro de mi pellejo y de pronto, haciendo mi trabajo de escritura habitual, tuve la sensación del relámpago.
Después de haber escrito: El último poema, que publiqué en mi página web,  estoy caminando por la cornisa de la prosa. Me cuesta mucho la síntesis, pero lo intento.

Yo solía ser amiga de Charly García, hasta que se volvió cuerdo y dejé de serlo. Bendita sea mi salud mental.

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