martes, 6 de diciembre de 2016

Prosas VII

VII

El lenguaje de la piel: la primera palabra. La piel de la madre en contacto con su criatura nos funda, nos define y transmite la cultura primigenia: el lenguaje del amor. El lenguaje de las manos: la caricia que enseña a aprender a tocar y ser tocados. Sentir el tacto. Captar sus jeroglíficos en la ausencia. Consolidar la estirpe vital. El lenguaje de la imagen: la iconografía del recuerdo que vivirá en nuestra mente como un plasma sanguíneo, como un daguerrotipo que dará paso a la fotografía del instante, a la película en curso, al manual olvidable que es nuestra existencia. El lenguaje de la oralidad : la lengua que construye los cimientos de nuestro edificio como seres pensantes.  El idioma, ese gran invento humano, todavía imperfecto. La posibilidad de comunicar ideas abstractas, inventadas en un pasado remoto que aspiran a vivir en perpetuidad.
Hay un pacto salomónico entre las acciones humanas. No preguntarás lo que nadie va a responderte. Fue el  principio de la justicia, una superación del antiguo y limitativo impulso de venganza que fue el “ojo por ojo”. El gran salto que debimos y debemos dar (porque poder podemos) es dejar de negociar con la ficción. Admitir que no hay solamente blanco y negro y que quien vea el horizonte de colores es también mensajero y destinatario de los ángeles de Dios.


El drama del pensamiento se concibe porque que es solitario, imposible de propalar y decantarse sino de un modo aproximativo y desleal. No es episódico ni trata de ganar terreno a través de la repetición angustiosa hacia la empatía mayoritaria. Tiene un punto de exclusividad intransferible que incomoda a los receptores. La víspera de su llegada camina por puertos llenos de gente que se comporta igual que si fueran hormiguitas que detectaron su alimento y se enfilan armónicamente para conseguirlo. Cuando se atraviesa la efervescencia de las pasiones, la especulación de la intelectualidad predigerida, las instancias previas de una razón precaria y limitada, el pensamiento comienza su vuelo para entregarse a las delicias de las noches blancas en las que dejas de ser cuerpo y se te aparece ese algo que llamas alma, espíritu, inconsciente, intuición o locura. Eso que llaman éxtasis, y que no habrá narcótico ni estupefaciente que contradiga tu infeliz tragicomedia. 

La pluma deja de ser lapicera y bolígrafo para convertirse en  dedos y teclado de un ordenador que pronto se pondrá tan viejo como nosotros. 

Tengo conciencia de que estoy envejeciendo.  La mayoría ve solo la transformación en el cuerpo: canas, arrugas, adiposidades mal acomodadas, lentitud de movimientos. Algunos luchan por detener la intromisión al precio de olvidar el objeto de su existencia; entregarse a la sabiduría de morir en paz, cuando llegue el momento.  Batallas estériles que saben derrotada de antemano.
Mi conciencia me resume cada día la cantidad de cosas que ya no haré, cierto.  Ella preocupa innecesariamente. La limitación física es insuperable. Mi mente, en cambio, me muestra el deterioro y lo que hice y pude hacer queda atrapado en un pequeño cuento de hadas, que jamás será leído por nadie. La fugacidad de mi condición humana es intolerable.


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