martes, 6 de diciembre de 2016

Prosas X

X


Lo que vengo comprobando en los últimos tiempos es que las mismas mujeres son tan feroces con sus congéneres que no falta ocasión de que, con la excusa de que te quieren bien, te tiren la autoestima al piso.  Hace un tiempo le dije en el gimnasio (ejem) a una señora de mi edad (flaca, avejentada y fea, para qué te voy a engañar) con quien había coincidido el día anterior y de quien no recordaba el nombre: "chilena". Se lo dije con un tono simpático, amistosamente, porque es chilena y aunque vive aquí hace mil años tiene tonada. Se puso como loca, y me reprochó, "es como si yo a vos te llamara: la gorda". Me dio tanta risa que la pobre, cuasi analfabeta para más inri, todavía está esperando la explicación del chiste. Qué le vamos a hacer. La envidia existe. Lo malo es que esas mujeres educan a sus hijos, hermanos, maridos en este código perverso en el que tener kilos de más es peor que ser puta, ladrona, mal bicho, ignorante, drogadicta o fastidiosa. Nosotras, a lo nuestro. Y que se perturbe quien no conozca la escala de valores. Si tu novio te dice que "anoche te miraba y no me gustabas" (leí que esto sucedió realmente, a una persona de mi confianza) lo mejor es responderle con una carcajada -eso desactiva la agresión-: "Se nota que estás envejeciendo y necesitás consultar al oculista para que te recete un buen par de anteojos". Se va a dar por aludido. Eso sí, tenés que reírte de vos misma también, porque si no lo matás, como dice Cacho Castaña y después tendrás que huir.
El corazón pelea contra el corazón. Hace trampas y se aloja allí donde la nieve ha caído en gruesos copos, esperando arrepentirse de haber perdido el verano entre decepciones y engaños. Ignora que su nacimiento estará lejos y su cautela muda de cosas y abundante de abstracciones que han vivido en su interior, como un gatillo sin disparar. ¿Quién maneja los hilos de los huérfanos?  Hemos de mantener intacta la convicción de temeridad, para seguir agolpándonos en la memoria sombría,  porque nos han señalado  que debemos presumir un poco y ponernos a salvo, cuando la correa aprieta fuerte la montura y los aparejos del animal agridulce estorban la carrera. Aislados y tendidos en borradores que dan tumbos en cada tranco, con balas de una contradicción lingüística:  el arma desarmada de bajo calibre que mata toda expectativa de Justicia terrenal.
Antifreudiana: No importa quienes somos, qué infancia hemos tenido ni como hemos llegado hasta acá. Lo que importa es que inexorablemente nos iremos más tarde o más temprano.






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