martes, 8 de noviembre de 2016

La mermelada inescrupulosa

Espero que puedas perdonarme, le dijo la mermelada hirviendo a la cocinera de pastelería, a quien quemó las manos al desbordarse. Ella recriminó: voy a convertir en gelatina a esta criminal y ya sabrá lo que es no tener gusto a nada. El azúcar caramelizado se pegaba al fondo de la olla porque la mujer con su piel ardiendo no podía revolverlo. El humo se expandió por todo el restaurante. Cuando el jefe de planta entró en la cocina vio la escena dantesca: las llamas alcanzaban al techo, la cocinera gemía del dolor vomitando insultos a la mermelada y la mermelada burbujeaba calladita, calladita.

Perorata para Amado


“Espero que puedas perdonarme, Amado. Nunca antes pude llamarte Amado (con mayúscula) porque nunca fuiste mi amado.  Para ser amado hay que saber amar y amar se parece demasiado poco a vos. Amado es mucho título para alguien a quien no amaré.  Tus padres eligieron un nombre insólito: Amado. ¿Por qué? ¿No te amaron?”

Cuando Amado escuchó la perorata de su exnovia, advirtió que estaba en serios problemas: Nadie lo amaría jamás. Fue cuando se propuso ser ministro de Economía, apoderarse de la Casa de la Moneda para imprimir billetes, meter las patas sucias en una fuente emblemática y reírse de una justicia  inoperante.





Las manzanas de mi maestra

Espero que puedas perdonarme, maestra.
Cuando tenía siete años, en plena guerra, apenas comíamos patatas, cebollas y pimientos. Notaste que estaba demasiado delgado, cuando me oíste balbucear:
- “No volveré a la escuela”
- “Ven mañana así te despides de tus compañeritos.”
Al día siguiente trajiste unas espléndidas manzanas y me regalaste dos. Llevé una a mi pobre madre. Se alarmó. “Esto no es manzana. Es patata coloreada con jugo de remolacha.” Habló con el Inspector General de su temor por tu enfermiza conducta.

 A la semana te destinaron a otro pueblo. Nunca conté que también nos enseñaste las palabras: libertad, imaginación y resistencia.