viernes, 10 de febrero de 2017

La deformada historia de Morgan Robertson


La deformada historia de Morgan Robertson.



Hará un par de meses, estaba zangoloteando por la carretera digital, intentando descubrir cosas que los libros ya no podrían contarme, cuando me crucé con la biografía de Morgan Robertson.
La Wiki no me merece más respeto que una biografía de autor anónimo, y por tanto, poco creíble. Encuentro grandes dosis de ficción en sus textos (en general editados por empleados de ministerios de países que responden al eje central y que solo recopilan sobre lo que se considera correcto para el poder de turno), casi más que en novelones abultados e inexcusablemente largos que uno puede encontrar en cualquier librería más o menos antigua que se precie, y de las que van quedando cada vez menos, sometidos como estamos al shopping cultural y sus modas furtivas.
Antes de hablar de Morgan Robertson quiero decirles que su nombre me evocó como asociación directa al de Morgan Freeman. Morgan Freeman es uno de mis actores preferidos. Por ahí no se apellida Freeman, el suyo debe ser un apelativo de fantasía por la conexidad de Free man (hombre libre) y la lucha de los negros de EE UU para alcanzar la igualdad de su raza.
Me demoro mucho cuando quiero escribir un cuento. Me pasa como a la mayoría de los narradores, en estos tiempos,  supongo, que antes de anotar una palabra pienso si está bien elegida o si la van a considerarla inoportuna, agraviante o injusta.  Si hablo de raza y digo negra paso a ser racista, aunque más racista sería decir de color, como si el negro no fuera un color que para cierta estirpe de popes de la plástica tampoco lo es, porque es ausencia de color. No sé, en la artificial sociedad argentina, que de erudita tiene poco y nada pero en la que nadie quiere dejar de alardear sobre su cultura y su posición política proclive a estar del lado de los buenos, de los débiles, de los pobres, mientras cometen las peores atrocidades que se puedan imaginar, te pasa todo el tiempo que hasta cuando se habla de Una excursión a los indios Ranqueles, aparece  una voz crítica que no dudaría en decir que el libro de Mansilla fue mal titulado y que debería haberse llamado Una excursión a los pueblos originarios de los llamados “INDIOS” Ranqueles. Indio con mayúsculas y remarcado entre dos comillas que –me juego la cabeza- van a encerrar con dos signos en el aire, arqueando los dedos índice y mayor de cada mano al mismo tiempo y moviéndolos dos veces como si estuvieran rascando la pared o apretando el interceptor de luz.
Una vez leí una cita inolvidable e injustamente olvidada de un poeta suicida (no les digo quien es para no dispersarme en su vida personal y familiar) que comentó: “Sé que dos y dos son cuatro, pero me da una rabia”. Genial ¿no? Bueno, hoy se diría: “Sé que dos y dos son cuatro, pero “cortá la bocha”, no importa. No viene al caso  y después están todas las posturas vanguardistas que se encarnizan conque dos y dos no suman cuatro,  y tratan de cambiar la realidad con teorías bien adornadas.
Volviendo a Lugones (uy, se me escapó), volviendo al poeta argentino que me vino a la memoria pensando en Freeman (hombre libre y demócrata norteamericano, actor, etc.) porque estaba tratando de recordar que dos y dos son cuatro, y que tenía que remitirme a mi  relato sobre Robertson, traté de borrar de mi mente todo aquello que me desviara de la lógica y se redujera al mundo literario, porque después los colegas murmuran. Ignoro si hago bien en llamarlos colegas. Ninguno de ellos (o ellas) me consideraría como tal, sobre todo porque dicen que los hospiciados (porque ni sospechan que debe decirse hospicianos según la RAE y su puta madre) por cuestiones de salud mental,  solo recuperamos la identidad después de haber fallecido, y que yo continúe con mis cartas a los compañeros (y compañeras, buffff),  porque es terapéutico, y la mar en coche. Pero que nunca publicaré nada, porque eso no está a mi nivel. Su discurso lleno de palabras vacías sobre la igualdad de oportunidades, la lucha de clases y la opresión del proletariado, termina formando una elite que se ocupa de crear héroes y mendigos de la narrativa para sostener una aristocracia a la que creen pertenecer. Pobrecitos, dan una pena.
Vuelvo a agarrar el toro por las astas, y continúo. Otro día les cuento por qué zorongo me tienen encerrado en este sitio de locos, no vayan a creer que tomo drogas ni alcohol, ni ninguna de esas excusas baratas del consumo popular y que solo sirven de relleno sanitario para abultar diarios, blogs y revistas con las tragedias que provocan. Nada que ver. Pero hoy no. Hoy tengo que explicar lo de Morgan (mejor digo Robertson porque ahora se me aparece el Pirata Morgan, y dentro de un rato será al Banco Morgan, que también es de piratas, y ratas, y erratas y se me sube el Ulises de Joyce por la botamanga, que para ser sincero es bocamanga, pero ni en pedo lo vas a escuchar bien dicho por los conductores de la tele).
Ayer le saqué una foto a la pantalla. Habían escrito uno de esos grafismos en los que no dudan en poner cosas como “escencial”, “indujecen” y acentos diacríticos obsoletos o directamente donde no los llevan. Los de mi audiencia estable van a decir que esto de los acentos ya lo escribí en un cuento y que es una de mis obsesiones. No les hago caso. ¿Qué obsesión va a ser que no pueda leer con faltas de ortografía lo que alguien escribe para comunicar algo?  La foto que te contaba era una de aquellos carteles que decía “persecución”. Te juro que me emocioné.  ¿Sabés la cantidad de años que lo leí mal escrito? Percecución, persecusión, persecuzión…  Saqué la foto y enseguida la subí al tuiter. Muchos de los que me ningunean por las redes fueron educados, pero sé mejor que nadie que aunque no lo expresen, estaban pensando: Dejá al loco en paz. Que ponga lo que quiera.
No sé si se enteraron de que soy un famoso tuitero y hasta me hicieron una nota hace un par de  años en la tevé pública.  Uso un seudónimo de mujer: “gallinita_clueca”, se lo vi a una señora que cuando la seguías, de repente te hacía unas coplas con tu apodo.  Ponele que ponías: “@migueldelcorazón” y ella te respondía:
“No está en mis planes 
vivir de planes.
Vivo de mis acciones.
Aguanten los corazones.”
Y todavía le quedaban cincuenta y dos (52 de 140) caracteres para criticar al gobierno del Clan Fernández. Hay gente para todo. El día que le cerraron la cuenta, aproveché y le usurpé el nick, y cuando abrió otra con su nombre real nadie la seguía. Pasó de tener treinta y cinco mil seguidores (35.000)  a cuatrocientos ochenta y tres (483).  Me dio una lástima que me hice seiscientas (600) cuentas con mis seiscientos (600) correos (no los hice todos de golpe, qué bah, tardé una semana), la seguí con todos y me devolvió el favor. Aunque lo único que yo retuiteaba era un par de frases chorras que a los trolls les gusta enmarcar y difundir como si fueran verdades bíblicas o a veces fotos que copiaba de google imágenes. El primer día me retuiteó  pero no se quejó, al contrario, me reconoció y me mandó un privado cariñoso, por ahí le gustó que le prestara atención.
¿Por dónde iba? Ah, sí, iba a contar la historia del TITANIC.  TITA NICK. Buen nombre para un tuitero. Me lo agendo.  Lo de Morgan Robertson quiero decir.
Qué bolas tristes soy.  Se me cerró la página de Robertson y lo busqué en el google. Me aparecieron muchos robertsons, voy a tener que poner el nombre completo y alguna referencia más, por si vuelvo a perder contacto con el escritor del que quería hablarles hoy. 
Paren las rotativas.  ¿A qué no saben qué fue lo que me tiró la página al principio?  El primer tipo que apareció fue un telepredicador ricachón: Marion Gordon Robertson (n. 22 de marzo de 1930 en Lexington, Virginia), más conocido como Pat Robertson, “magnate estadounidense de medios de comunicación, director ejecutivo y exministro de la Convención Bautista del Sur”.  Parece que todavía vive porque en cuanto alguien suena, a los dos minutos ya aparece en la cita de la wiki que se murió tal día. Lo constaté con cada muerte que veía en la prensa digital. Simple y misteriosamente era así.
Yo buscando a Morgan y apareció Gordon. Flash Gordon. 
Se ve que en este barrio, quisieron robar un coche porque empezó a hacer ruido una alarma. Un ruido ensordecedor. Insufrible. No para de sonar y sonar. Silba. Pita. Maldición. Todavía me faltan como cien palabras para cumplir con la consigna de la Dra Plager.   Continúo. El paralelismo entre Morgan y Gordon no hace falta que lo explique. Lo mismo que Arthur, son nombres en clave que utilizan los servicios de inteligencia para sus interconexiones en clave. Nombres artúricos de la criptología que demuestran que pertenecen a un determinado linaje. Como si fuera David, Rebeca o Isaac, para un judío, o Pablo, José o María para un cristiano.  No va a faltar oportunidad para que redacte mi teoría de los nombres. Por ejemplo, el mío es un nombre raro. Me pusieron Hyrum que según dice acá, significa: "Mi hermano está exaltado". Yo no tengo hermanos, pero mi abuelo se llamaba así según me aseguró Raquel, la tía de mi padre.  No lo conocí y no tengo la menor idea. En casa nunca se habló de la familia y menos de religión aunque a mí me mandaron a un colegio de monjas, que son más mudas que un mimo en una plaza bohemia para conseguir monedas de los turistas.  Me  encantan los programas de los predicadores de la tele. Los escucho también por la radio cuando no puedo dormir porque escupí las pastillas. No entienden las enfermeras que me caen mal, y mirá que se los dije montones de veces.  Y no va que justo hay uno que se llama Robertson y que yo no conocía, y es multi remulti megamillonario porque es un magnate. Tomá esa, cuando te dicen que alguien es un magnate, agarrete, mamita.  Magnate/agarrate.  Si yo fuera gallinitaclueca (la señora de las rimitas bobas) ya tenía una para saludar a mis invitados, elegidos al azar. Todos queríamos ser merecedores de una tontería suya. Era como un premio cuando nadie hacia nada en tuiter en aquella época y  nosotros menos que nadie y teníamos que llenar horas de aburrimiento en la clínica. Por eso, cuando usé mis seiscientas (600) cuentas para darle más cantidad de seguidores me agradeció por mi buena acción, porque se dio cuenta. Y cuando digo acciones me refiero al accionar y no a especular con papeles. Soy un salame. Debería haber aguantado mi impaciencia y no ponerlas juntas.  No sé especular en la bolsa aunque sí tengo el dominio de eso que llaman escritura especular, como si se tratara de una imagen en el espejo. Igual que Leonardo Da Vinci. Un groso el tano.

La lujuria no bulle en planicie.
La soberbia y la  ira son perfidia.
La pereza y la  gula, la molicie.
y la avaricia peca por envidia.

Ayer, fue un día complicado. Estaba escribiendo una trova y de repente apareció la Dra Judith Plager.
La Dra. Plager, que es la jefa de psiquiatría del pabellón, me dijo que no estaba progresando y que lo más seguro era que si no me esforzaba me iban a tener que duplicar la cantidad de medicamentos. Como ya los tomaba día por medio no me alarmé, podría tomarlos 1 cada 4 y listo el pollo.  Me dijo también, que en la junta semanal estuvieron leyendo mi relato del viernes pasado y que alguien sugirió que tomara clases de taller porque era bueno pero había muchas frases innecesarias, que debería evitar en lo sucesivo, otro suspiró (lo del suspiro no lo dijo la Dra. Plager, pero es como si lo estuviera viendo) mientras alegaba que tenía gran potencial y que podría resultar menos gravoso a mi familia si me ganara algún dinero con la escritura.  Lo que más me sorprendió, no fue eso porque no tengo dudas de mi vocación sino que la auxiliar del piso me preguntara con gran interés ¿Y qué pasó con Morgan Robertson? Con el título que elegiste nos dejaste un sabor amargo, una ansiedad desconocida por el destino de ese señor de quien nos apuramos a leer una sintética biografía en internet.
Sonreí con delectación. Mis probables lectores estaban atrapados en una trama que hilvané completamente, pero está dentro de mis sesos, alojada en un lugar recóndito, esperando que mis dedos la pongan en el escenario. Me sentí como debe haberse sentido Morgan cuando después del accidente del Titanic, tras chocar con un iceberg;  le daban el crédito por haber sido quien lo presagió con una exactitud pasmosa en su novela Futilidad, catorce años antes del hundimiento.
Simulé tener un fuerte dolor de espaldas, y le pedí permiso a la doqui para retirarme a mi cuarto.
-¿Vas a seguir escribiendo el cuento?- me preguntó con dulzura.
-No es un cuento, es una novela. Breve.
- Lo que quieras, Hyram.
Su sonrisa no me gustó. Me pareció provocadora, como que ocultaba un peligro que acechara a paso cansino.  Además, yo ya sabía que publicar no iba a publicar nada nunca. Le leía en la sorna de su mirada.

Morgan Robertson era un hombre tímido, callado y poco afecto a las reuniones. Su anhelo era descollar socialmente; llegar a ser una persona rica y famosa (¿un magnate?) y que lo reconocieran como al escritor más intuitivo y perspicaz de todas las épocas.  Por lo menos, eso confesaba en el diario que descubrió el malogrado poeta Harold Hart Crane.
Harold era un hermoso efebo rubio. Sus ojos rasgados y cenicientos le daban un aspecto sombrío. No faltó quien dijo que parecía la reencarnación de Arthur Rimbaud, y a los nueve años ya había memorizado Una temporada en el infierno. Pero lo que más lo impresionó fue la carta del iluminado Arturo a Georges Izambard:
"Yo es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y mofa contra los inconscientes, que pontifican sobre lo que ignoran por completo!";
 “Trabajar ahora, eso nunca jamás; estoy en huelga. Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible.”
“Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente: … consiste alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos";

Cuando sucedió la tragedia del Titanic, Crane tenía apenas 13 años. Sin embargo, ya había decidido su destino como poeta y su elección sexual no  disimulada a pesar de  la crueldad de su padre, Clarence, el comerciante que inventó los caramelos Lifesavers, (los salvadores de la vida).
Cinco años después tras muchas peleas violentas con su rústica familia, Harold decidió huir.
Mientras crecía lo suficiente como para emprender la aventura de la independencia, para liberarse de su acaudalado y hosco padre, se encerraba a leer novelas y periódicos durante la mayor parte del tiempo. Por los diarios de aquellos años conoció la historia de Morgan Robertson y comprobó tras un detallado análisis comparativo que su libro Titan había sido premonitorio y espectacular (salvo por la travesía del magnífico naviero inglés que había chocado con un iceberg en la misma zona, -el mismo mes, con idénticas condiciones de lujo, de escasos salvavidas, de pasajeros ricos y señoras de la nobleza monárquica-, que la descripta por Morgan era inversa. Partía desde Gran Bretaña hacia América). Titánico y Británico, como sinónimos del imperio. Especular. Espectacular. A partir de ese momento, Harold decretó que Robertson sería su mentor y su maestro. Lo consideraba un profeta único.
Poco antes de partir en su busca, se produjo una  casualidad que no dejaba de excitarlo. En una librería de su pueblo, siempre ávido por conseguir libros de su admirado escritor, el dueño, William Lawrence Reeves, un anciano capitán de barcos, retirado, que había sido compañero del padre del Crane, en sus mocedades, le regaló un ejemplar de uno publicado en 1905 The Submarine Destroyer (El submarino destructor), del cual, el pequeño poeta ya sabía que aparecía por primera vez la descripción del periscopio del Mago, como calificaba a veces a su ídolo, que aquel inventara. Periscopio que después se agenció su jerárquico, registró como propio y le sirvió para cobrar regalías.
-Sé que estará en buenas manos, Harold. ¿Sabés qué día es hoy, verdad?
-14 de abril, señor Lawrence.  Cuarto aniversario del hundimiento del Titanic.
-¿Qué hundimiento? Los diarios te cuentan solo lo que necesitan que sepas.
-Entonces… balbuceó Harold. 
- Si vas a ser poeta busca tu propio conocimiento y sabrás que Dios está dentro tuyo.
- No creo en Dios.
- Deberías.  Recuerda esta fecha, porque marcará el rumbo en la vida. Abril es el mes más cruel, agregó y se despidió con suavidad de su visitante.
Que Abril es el mes más cruel lo entendería años más tarde, leyendo a Eliot.
Aquí los hechos:
En el libro El submarino destructor aparece un dispositivo llamado periscopio. Más tarde Robertson intentó patentarlo pero Simon Lake y Harold Grubb habían sido testigos presenciales de su invención durante los años de alta mar, modificaron apenas en detalles insustanciales el modelo creado por él y lograron imponerse en un litigio sobre los derechos, dado que el registro de fecha cierta se hizo tres años antes de que apareciera en la novela de Robertson.  Morgan se sintió apesadumbrado y resentido por este hecho,  que le birlaba la posibilidad de salir de su oscura vida pobre, y  prometió cobrarse esa cuenta como un caballero.